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El miedo a quedarse atrás.

29 de septiembre de 2026Jordi García2 min de lectura

No me obliguen ustedes a usar la palabra FOMO. Prefiero quedarme con Miedo, en general. Aquel que es un gran motor y también un gran paralizante en nuestras vidas. Y, en todos los casos, un impertinente diablillo con el que compartimos almohada.

Ojalá fuera solo en la publicidad y en las ventas donde nos aprovechamos del miedo ajeno, pretendiendo tocar el nervio correcto. Pero me temo que eso es el chocolate del loro comparado con, por ejemplo, la instrumentalización política de las narrativas sociales.

En fin, qué les voy a contar.

Últimamente es el gran leitmotiv de redes sociales como Twitter y LinkedIn. Usado sutilmente, y a veces sin sutileza alguna, en publicaciones tipo: “La IA acaba de cambiar las reglas del juego en [introduzca categoría a placer]”.

¡Qué miedo! Lo que nos estamos perdiendo; el mundo está en absoluta revolución y nosotros sin enterarnos de nada, ¿Cómo podríamos? es imposible navegar por el insondable mar de la actualidad tecnológica.

En mi caso, que me encuentro en algún punto cardinal mar adentro de ese mundo IA, les puedo suavizar el miedo de inmediato: cuando uno rasca la superficie de todas esas publicaciones sensacionalistas, hay poco detrás.

De todos modos, queridos acompañantes, la IA tal vez sea nueva, pero ese miedo no lo es. Es un miedo ancestral, uno de esos miedos irracionales e infundados que nos atormenta sin llegar a materializarse en nada concreto. Y no va a desaparecer.

Pero se puede lidiar con el dichoso diablillo.

Conviene, para empezar, abstraerse de todo el ruido. Pero más aún, no dejarse caer en la parálisis. Disfruten ustedes, sin prisa y sin exigencia de resultados, de recorrer y conocer las cosas nuevas que el mundo tiene para ofrecernos, en este caso la IA. Háganlo en la forma y tiempo que crean ustedes oportuna, aquella que no viene dictada por ningún desconocido de una red social. Ni de ningún conocido tampoco. Pero, sobre todo, que no venga dictada por el diablillo del miedo.

Si usamos como combustible los miedos y los resultados externos —comparados, claro—, que están fuera de nuestro control, es inevitable que acabemos quemados. Porque no es un combustible que podamos reponer.

Como le leí a alguien una vez: «aquel que camina porque le gusta andar, llegará más lejos que aquel que camina porque le gusta el destino».