El pianista del fondo de la sala

Un pianista toca al fondo de una sala. Ha terminado el repertorio popular. Ahora, cuando casi nadie le mira, y a un volumen más bajo, empieza a sonar la música más hermosa que ha sonado esa noche. Solo unos pocos, que prestan atención, se quedan cerca para escucharlo.
Al terminar, le preguntan su nombre y cuándo y dónde pueden volver a verle tocar. Le agradecen su música con respeto e interés. Son conscientes de que, en cuanto tengan ocasión, contarán a sus amigos la experiencia que han vivido en aquella pequeña sala.
A la mañana siguiente, cerca de allí, un equipo de publicistas se debate en cómo lograr más alcance, más likes, más shares con el plan de contenidos. Una dinámica alimentada de ansiedad a la que nos empuja la actualidad.
Hay marcas que necesitan medio millón de visualizaciones para lograr dos ventas. Pues bien, si hacen falta millones de impresiones para lograr algunas ventas, algo estamos midiendo mal.
Las métricas de las redes sociales son las cifras que interesan a las propias compañías propietarias de esas redes, no lo olvidemos. Son números que no miden valor, sino una reacción, en la mayoría de ocasiones superficial y que no implica interés, por mucho que se represente con un corazón.
Cuando creas para el algoritmo, y lo haces bien, consigues justo la reacción mínima que necesita para retener a alguien un segundo más frente a la pantalla. Nada más.
Y ahora se suma la inteligencia artificial, que, sin duda, empuja el caudal en la misma dirección. Entre algoritmos y modelos de IA se fabrica un torrente de vídeos, gráficos y mensajes que nos deje mirando la pantalla, anestesiados y anonadados. Lo que no harán, porque ni saben hacerlo, ni les interesa, es construir un vínculo de verdad.
Lo que conecta va por otro camino. Pasa por encontrar tu propia voz, tu propio espacio, y crear desde ese centro para las personas a las que quieres llegar.
Las mejores cosas siempre nacieron de aquellos y aquellas que disfrutaron al crearlas.
Y su audiencia, al principio pequeña, según las expectativas y las cifras que impone la viralidad del meme, es muchas veces silenciosa. No siempre da al botón de like, aun habiendo conectado realmente con aquello que ha visto. Porque un Like no representa eso, el like está a otras cosas.
Lo que sí sucederá es que alguien se acerque, interesado, a reconocer nuestro trabajo. A pedirnos la tarjeta.
Hay marcas que, con unos pocos miles de seguidores, tienen en el marketing una fuente de ingresos significativamente superior a la de la inmensa mayoría de empresas que publican en redes sociales.
Por eso, de vez en cuando, conviene recordar al pianista del fondo de la sala. Que nos recuerde que lo auténtico, lo íntimo, lo bien hecho, siempre acaba prevaleciendo.
Aunque al principio no sea lo más aplaudido. Ni guste al algoritmo.