No convivimos por estar juntos, sino para hacer algo juntos

Creo que todo lo que mueve a las personas trata de relatos, de sensaciones, de narrativa.
Quiero señalar esa narrativa, la del «España no cree en España» (María Griñón, 38 años - The New York Times), y que necesitemos de vez en cuando de una mirada fresca desde fuera para recordarnos que lo estamos haciendo bien.
Lo estamos haciendo bien. No los señores del fútbol, sino usted y yo.
Definitivamente somos un país manifiestamente mejorable, pero, con independencia de ideologías y pensamientos políticos, lo único objetivable es que somos un pueblo que comparte circunstancias y destino, para bien y para mal.
«Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo».
De este lugar llamado España conozco a gente extraordinaria, de hecho, cada cual con sus virtudes y también con sus defectos, por norma me llevo la impresión de estar rodeado de talento. En el sentido más amplio del término.
No tengo duda de que usted sabrá reconocer la misma cosa por su experiencia personal.
Entre todos estamos tirando de este carro, solo nos falta reconocérnoslo un poco más. Llevar la conversación con menos fricción, edificada sobre un suelo común, con la propuesta de un diálogo que no olvide que estamos, y debemos estar, en el mismo equipo. Porque el mundo es grande y la historia es vasta, y a veces perdemos de vista que en este lugar tenemos reservado un espacio privilegiado para el desarrollo de nuestras vidas y nuestro relato común.
La ruptura que supone la identidad española es evidente y profunda, a fuerza de desventura y siglos de insistencia. Y tal vez nosotros no vivamos para verla desaparecer.
Pero quizás algún día recordemos que no convivimos por el hecho de estar juntos, sino para hacer algo juntos. Y entonces aquel propósito compartido nos haga libres de las cadenas que cargamos.