‘Taste’ is the new black

‘Taste’ is the new black: el gusto siempre existió, solamente vuelve a tomar protagonismo.
La semana pasada publicamos Vistta, una web-app de diseño de interiores y tratamiento de imágenes arquitectónicas con IA. En general, los comentarios han sido muy buenos. Y agradezco mucho a las personas que se han tomado el tiempo para echarle un vistazo.
Pero me quedo especialmente con algo que me han repetido varias veces. Que, dentro del tipo de SaaS en el que se mueve, Vistta tiene un cuidado por la interfaz y las direcciones de arte inusitado. Que se distingue de la masa de plataformas que están publicándose.
No les voy a mentir, me ha hecho sentir orgulloso por el trabajo de Kocoro. Pero más allá del comentario, lo que me ha quedado dando vueltas estos días es otra cosa: lo que hay detrás de que algo llegue a mirarse así.
Detrás hay horas. Muchas. De fricción, de incomodidad, de frustración. De darle forma a algo que vislumbras pero no siempre logras materializar. Casi nunca lo logras del todo. Todas esas horas que, en las dudas, te cuestionas, y que embarran el excel financiero. Entre la frustración y el desconcierto, entre el "síntoma y el signo". En la eterna aspiración insatisfecha de acceder con nuestras creaciones a aquello que nos hace vibrar, que nos estimula, que nos evoca una conexión concreta. Una dedicación entregada a un propósito que no siempre se ve y, a veces, directamente no es visible.
Decía Máximo Gavete en su carta 294 de Honos: «El criterio no entra por los ojos, entra por fricción. Como una piedra puliéndose con otra».
Es una idea que se vuelve más relevante ahora.
La IA democratiza el diseño, también lo hace más cómodo, y está bien. He visto buenas propuestas que emanan directamente de un modelo. El nuevo estándar digital será más estético que el anterior, para beneficio de todos. De la misma forma que Inditex nos hizo un favor evitando que volviéramos a vestir como vestíamos en los 2000.
Pero el estándar nunca dejará de ser un estándar. Lo homogéneo, lo igual.
La identidad, sin embargo, se encuentra en lo distinto, en la aspereza de lo propio, en lo que no es compartido con todos. Y no entra en los absolutismos. Ni bonito ni feo. Ni bueno ni malo.
Es el gusto propio. Y el gusto propio es el camino, a veces pedregoso, que cada uno se ha tomado la molestia de recorrer.