Un posicionamiento profesional inequívoco

El taller de mi padre lleva cerrado 15 años y la gente aún me pregunta si sigue allí.
Mi padre ha sido muchas cosas. Pero si les pregunta usted a los vecinos de su quinta en La Laguna, y fuera de ella, le dirán que era el técnico del taller de reparación de electrónica.
Trabajaba como autónomo en un pequeño local, donde arreglaba aparatos electrónicos. Televisores, radios, vídeos, DVDs, todo aquello que, antes de ser de usar y tirar, podía ser reparado.
De él aprendí el valor del trabajo bien hecho, del cuidado de los detalles. Me explicaba, de niño, la diferencia entre una soldadura correcta, y otra apresurada. Las soldaduras y los componentes internos de un televisor no son lo que los clientes ven, aun así, es lo que más le recuerdo mencionar.
Mi madre, por su parte, me enseñó la importancia de la responsabilidad y el compromiso en el trabajo. Con ella me cruzo cada día, sobre las 6:30 de la mañana, yendo cada uno por su parte a trabajar. Madrugamos muy temprano para hacernos cargo de nuestras responsabilidades. Una diferencia entre ella y yo es que ella lleva haciéndolo casi cuarenta años. De ahí que todos los que la conocen sepan qué tipo de profesional es, y lo que pueden esperar de ella.
Mis padres, ambos, me enseñaron muchas cosas. Pero en aquel pequeño taller, y en esos 40 años de constancia, hay una lección oculta.
Ambos tenían un posicionamiento profesional inequívoco.
Ocurre lo mismo con las empresas, y llamamos posicionamiento de marca a aquello que mi padre hacía tan bien, porque se dejaba de apariencias, experimentos y artificios y mantuvo el foco en lo que hacía mejor. En un sentido amplio, el posicionamiento también tiene que ver con precios, cultura o tipo de servicio —el qué lo diferencia—.
Pero lo esencial es lo más utilitario: a qué se dedica una empresa.
Me gusta imaginarlo con carpetas.
En su carpeta de “hamburguesas”, varias marcas le vendrán a la mente. Y luego tendrá usted sus propias subcategorías o subcarpetas. “Hamburguesas de comida rápida”, “hamburguesas modernas”, “hamburguesas baratas”, “hamburguesas veganas”, incluso “hamburguesas que me gustan”.
El taller de mi padre ocupaba un sitio exacto en la cabeza de la gente. De esa forma cuando a alguien, en toda la isla, le dejaba de sonar la radio, sabía dónde acudir.
Si mi padre, en ese taller, se hubiera puesto un nombre extraño, hubiera ampliado su servicio a electrodomésticos, venta de móviles, o vaya usted a saber, se habría diluido ese posicionamiento entre más carpetas de las que la gente tiene capacidad o interés en gestionar. Habría resultado confuso. Quien se reparte entre categorías o se mantiene indefinido, acaba por no estar en ningún lugar.
Les confieso, porque tiene su chiste, que si le preguntan a mi padre a qué me dedico, el hombre no sabría decirle. Me temo que mi madre tampoco.
Lo que nunca me contaron es si en la casa del herrero terminó habiendo alguna vez un cuchillo de metal. Eso me tocará descubrirlo por mí mismo.